Que los vigilen a todos

Por: Daniel Newball H.

Son las ocho de la mañana. Una mujer en sus 30 años, con un hijo y madre soltera esta concentrada en su trabajo diario, trabajo que se ve interrumpido por un ataque del subconsciente que aloja pensamientos de frustración y odio por una persona conocida la cual en el pasado miró con desdén, pero que ahora es una exitosa profesional y con un futuro promisorio por delante.

Siendo las 10 de la mañana, una joven de 15 años de edad, en el Colegio de la Sagrada Familia, esta disfrutando de la hora del recreo con amigas, amigas con las cuales conspira para poder desarticular, sembrando desconfianza a través de una campaña de matoneo y psico-terror, a una inocente “adversaria” que presuntamente amenaza con maltratarlas emocionalmente con su talento ganando puntos, de paso, con los profesores, compañeros y el hombre más deseado por las niñas.

Son las siete de la noche, la avenida 20 de julio está repleto de carros y motos queriendo pasar y llegar a su destino y un conductor imprudente cruza con su vehículo a otro provocando un accidente, despertando sentimientos de odio y frustración en el afectado con una tendencia a exigir justicia, ya sea por su propio medio, al autor del siniestro que marcará la vida de las victimas para siempre.

Son tres hechos aislados que, para muchos, no tienen la mayor importancia y no requiere de mayor atención ya que, infortunadamente, hacen parte de la cotidianidad de los isleños al cual, por fuerza de las circunstancias, debemos aprender a tolerar y convivir.

Sin embargo, para muchos expertos, y en especial para los encargados de la seguridad ciudadana, estos patrones de conducta pueden ser la materia prima para poder detectar posibles actos de terrorismo, actos que podrían desembocar fácilmente en una guerra escalonada del cual, de forma exponencial, pueden elevar el número de víctimas fatales sembrando una oscura manta de dantesca desolación y ostracismo.

Es tan peligroso el que coloca bombas y las hace detonar en zonas densamente pobladas como el que acumula odio y frustración en su trabajo diario, por el cual le pagan un salario pero por el cual es sometido a las humillaciones infames de un esbirro sátrapa advenedizo lambiscón.

Son peligros inminentes que deben ser vigilados, no porque son actos inocentes de personas que no pertenecen a una organización terrorista debemos estar parcos, relajados y tranquilos ante la inocuidad de una “mansa paloma” que no muestra ni el más mínimo dejo de cometer acto violento alguno.

Esos sentimientos los tiene contenidos en su subconsciente, alojado en el más profundo de las cavernas mentales para evitar ser descifrado porque no cuenta con los recursos para tomar represalias y porque las consecuencias, en especial las penas, pueden ser severas.

Sus necesidades inmediatas son más importantes que un estallido de furia por estar en una situación de desventaja, no todos son conscientes de que el hombre es fuerte y poderoso en el momento en que logre identificar sus opciones y ponerlas en práctica.

La envidia es una herramienta poderosa, causante de las más destructivas conspiraciones y de las más letales cadenas de maldición en la especie humana, cadena que se transforma en una escalada cuyos desembocadura no es el más prometedor para ninguno de los orquestadores de tan infame cruzada por lograr demostrar su superioridad sobre los demás.

Por eso me parece imperativo que, tal y como lo hace la Agencia Nacional de Seguridad (NSA, por sus siglas en inglés) de los Estados Unidos, a cada ciudadano lo vigilen como su fuera un peligro potencial.

Yo estoy dispuesto a someterme porque no tengo odio en mi corazón, no tengo temor de ser descubierto por mis acciones ya que todas son hechas con sanidad y las mejores intensiones.

Puedo mostrar en las redes sociales y en cualquier otro medio informativo los aspectos más importantes y relevantes de mi vida, a diferencia de otros que no permiten que se les tome una fotografía por miedo a que descubran lo que realmente son y de lo que son capaces de hacer.

Tienen miedo de que en alguna arruga de su rostro puedan descubrir algún rastro de alguna maldad que tienen preparada para ofender o destruir a alguien del cual consideran como una potencial amenaza contra su autoestima.

Todos debemos ser vigilados, debemos ser sometidos al más exhaustivo escrutinio, a no ser que terminemos lamentando a nuestros muertos, tal y como sucedió en Boston, cuando los “tiernos” hermanos Tsarnaev se les dio un día por colocar una bomba en el sitio de llega de la Maratón de Boston.

Gobernantes como Rafael Correa, del Ecuador; y Nicolás Maduro, de Venezuela; expresan su indignación por lo expresado por Edward Snowden, quien, violando un contrato de confianza con sus empleadores, reveló los planes de vigilar las acciones de todos los ciudadanos como potenciales amenazas contra los Estados Unidos en las redes sociales.

¿Acaso saben ellos si, al darle asilo a Snowden, no termine este revelando las irregularidades que ellos puedan estar cometiendo en sus respectivos países ante el mundo? ¿Qué nivel de confianza puede transmitir un hombre traicionó la confianza de sus empleadores?

Existe un principio fundamental del espionaje y es el de simplemente no dejarse ver. Mientras tanto, y en aras de la seguridad, no me tiembla la voz en clamar que todos seamos vigilados para podamos, al final del día, dormir tranquilos en tiempos donde la tribulación y la confusión quieren gobernar.

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