¡Qué vergüenza! Siento pena ajena

Por Antonio Colmenares Martínez

Con un comerciante honesto, uno solo, ya estaría cayendo el colega Alfredo Molano Bravo, en una terrible y fastidiosa imprecisión cuando dice en su escrito en el que se refiere al Archipiélago de San Andrés y Providencia: “Si se mira con realismo el abarrotamiento de almacenes y depósitos y en general la actividad comercial, hay que concluir, imparcialmente que San Andrés es un lavadero de dólares procedentes del narcotráfico que entran como mercancías al puerto libre, y las islas son una de las rutas más utilizadas por los narcotraficantes para la exportación de cocaína”.

Se olvidé el amigo Molano de hacer, al menos por abstracción, el pequeño cálculo de que, en medio de “ese abarrotamiento de almacenes y depósitos y en general la actividad comercial”, puede haber hombres y mujeres honestos. Y la verdad es que son muchos.
Hay bastantes de los cuales puedo dar fe de quienes se trata, porque conocí a sus padres, conocí la generación anterior luchando, trabajando con las uñas, en una isla que ha permanecido y permanece en el punto muerto del ojo del estado y han logrado mantenerse con sacrificio en esta isla que además sufrió hace ocho meses la tragedia fronteriza más grande de la historia.

No sé cómo Molano le dará la cara a estas personas inocentes cuando le pregunten por qué no completó su investigación y presentó la lista de los delincuentes que lavan activos. Eso sí hubiera sido un verdadero boom periodístico y una gran ayuda para las autoridades.
Meter a todo el mundo en la misma bolsa, deja como resultado la sensación de inocuidad, de falsedad y es sinónimo de pereza investigativa, de atrevimiento y falta de respeto. Eso no lo presenta, ni se lo aceptan ni siquiera a un estudiante de segundo semestre porque lo rajan por mal manejo de fuentes.

Lo que dijo Molano es lo que se comenta en corrillos: “La isla sirve como lavadero y ruta del narcotráfico”. Es una generalidad que hasta los niños manejan, comentario que bien puede repetirse en Panamá, o en Jamaica y por eso no todos los panameños, ni los jamaiquinos, son corruptos y delincuentes. Seguramente que, como las brujas, que los hay, los hay, pero también están en los centros comerciales de Cali, Medellín o Bogotá, en los sanandresitos, entre otros ‘abarrotamientos’ de almacenes.

Así no puede presentarse un trabajo periodístico serio y que realmente quiera aportar.
Con el debido respeto por Molano, a quien no le ha temblado la mano para denunciar a corruptos y defender desde el erario hasta el medio ambiente, en esta oportunidad extrañamos su precisión y oportunidad en la presentación de pruebas. No hay justicia en su apreciación, es ligera, agresiva y atrevida contra quienes son comerciantes honrados y deben sobrevivir entre los ‘lobos’ y sus cazadores.

Con razón el presidente de la Cámara de Comercio de San Andrés, Alain Manjarrés Flórez manifestó su inconformidad. Es su deber defender al gremio, así sea uno solo el honrado, debe hacerse respetar, no le ‘caigamos tan duro’ a esta región olvidada por el gobierno nacional, señor Molano, por qué no viene y se entera bien de lo que ocurre en las islas, venga y comparta con esta gente que en su mayoría es buena y honrada y si quiere aportar investigue y presente la lista de los ‘malos’ con sus respectivas pruebas, eso sí haría historia. Esta larga, mentirosa, perezosa y deshilvanada suma de imprecisiones bajo el título “El fallo de los raizales I”, publicada por El Espectador, no lo deja ver en su real magnitud como el periodista que nos hemos acostumbrado a leer para aprender de usted la rigurosidad y exactitud, no deje que se nos desdibuje esa buena imagen de maestro que hemos tenido de usted. ¡Qué vergüenza! Siento pena ajena.

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