Comerciantes timadores y el imperio de lo desechable

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Ellos se creen muy ‘vivos’, ganando dineros extras vendiendo ‘pajarillas’ y se creen inteligentes porque se aprovechan de la poca permanencia del turista, para hurtarle el dinero vendiéndole baratijas desechables a precios de artículos de marca porque saben que no se podrán quejar cuando ya estén muy lejos y no puedan más que ‘echarle la bendición’  a la inversión porque esa platica se perdió, se quedó en manos de un comerciante desalmado que sonríe socarronamente, burlándose de sus víctimas, como las hienas, como todos los animales carroñeros.

Estos especímenes de comerciantes son los más peligrosos desestimuladores de turistas, son el descredito de las Islas, por culpa de estos indelicados y ladrones comerciantes se cae literalmente la imagen de San Andrés.

Ya en el interior la gente ‘les huye’ a los ‘regalos’ de los parientes que llegan de San Andrés. Celulares que se dañan a la semana de comprados, elementos del hogar, bolsos, billeteras, zapatos, juguetes que no soportan sino apenas unos días antes de quedar convertidos en pieza de basurero, ‘no tío no me traiga regalos de San Andrés, eso da pena mejor cuénteme de la belleza del mar y regáleme la plata’, dicen ya decepcionados.

Y así poco a poco, gracias al arduo ‘trabajo’ de desprestigio, los comerciantes carroñeros logran deteriorar la figura y estilo de la isla, convirtiéndola en un paraíso fiscal en donde de un tiempo para acá la filosofía de algunos comerciantes corruptos es vender baratija aparentes y que simulan ser originales cuando no son más que elementos de mala calidad.

No hay quien controle, no hay ley para esta calaña de bandidos apátridas que venderían la mamá por un puñado estúpido de monedas. No se les puede pedir que piensen en el buen nombre de la isla porque vive camuflados robando y se disfrazan de honrados para pertenecer a la Cámara de Comercio y a los clubes privados y se hacen pasar por comerciantes de verdad, como también los hay muchos, que Dios los guarde y lo perdone, porque la ley natural dicta que esta vida se parece a un restaurante, ‘nadie se va sin pagar’.

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