Diario El Tiempo revela que el animal más viejo de Colombia se esconde en San Andrés

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Una esponja marina centenaria y un cenote, entre los misterios que oculta el archipiélago caribeño.

En una caverna sumergida a unos 10 metros bajo la superficie marina de la isla de San Andrés, y a 60 metros debajo del talud arrecifal (parte del arrecife que desciende con poca inclinación hacia el mar abierto), habita un primitivo ser que ha tenido la misma morada desde antes de que naciera cualquier ser humano que esté vivo.

De hecho, esta particular criatura es una de las más viejas del mundo y, posiblemente, sea una de las más antiguas de Colombia.

Se trata de una esponja marina que, en este caso, pertenece al género Ceratoporella nicholsoni, una variedad con un esqueleto de calcio muy duro y que al ser tan longeva se convierte en objetivo de los biólogos marinos, porque en ella pueden encontrar pistas sobre cómo se han transformado variables climáticas como la temperatura, la salinidad y el pH del mar durante siglos.

Las esponjas marinas o poríferas son invertebrados sésiles, es decir, que pasan toda su vida fijos, anclados en el fondo del mar.

Son seres tan arcaicos que se los considera el ancestro común de todas las especies animales que existen, el primer peldaño en la escala evolutiva del reino animal.

Su organismo es tan básico que cuando empezaron a ser estudiadas por los científicos, se pensó que pertenecían al reino vegetal.

Nuestra misión en el archipiélago de San Andrés, a más de 700 km de la costa Caribe del país, es conocer estos animales y entender su vital papel en los ecosistemas marinos. Además, exploraremos otras que cuevas hay por toda la isla.

El animal del medio milenio

Para llegar a la Ceratoporella es necesario bucear. El líder de esta inmersión es Juan Armando Sánchez, director del Laboratorio de Biología Molecular Marina (Biommar) y profesor del departamento de ciencias biológicas de la Universidad de los Andes. Él es nuestro respaldo académico en esta travesía.

“Gracias a este rudimentario animal es posible responder preguntas como cuál fue el impacto ambiental que tuvieron, en Colombia, las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki y saber cómo alteraron el clima, la fauna y la flora en este lado del mundo las dos explosiones; también podríamos averiguar cómo era el clima en Colombia cuando llegaron los españoles”, explica Sánchez.

El científico intenta primero inspeccionar la esponja con un OpenROV Trident, un pequeño submarino que es manipulado desde la superficie a través de un cable conectado a un control similar al de un Xbox y se convirtió en nuestro aliado tecnológico en esta travesía. Gracias a una cámara que lleva el aparato, donado por National Geographic, es posible observar el paisaje submarino desde la superficie a través de la pantalla de una tablet.

Sin embargo, en esta ocasión el curioso robot no da buenos resultados. Por eso, Sánchez se arma con todo su equipo de buceo: careta, chaleco, tanque, regulador, aletas y cámara de video para sumergirse en estas cálidas, tranquilas y azules aguas

Aunque no se trata de una maniobra en extremo arriesgada, sí se requiere de cierta habilidad para ingresar en esta cavidad subacuática con tantos equipos pegados al cuerpo y poder ver de cerca a la esponja.

El hombre rana, de 180 centímetros, da un brinco desde el litoral y empieza su viaje subacuático.

Allá abajo, los sonidos son monótonos. Los únicos ruidos que acompañan al explorador marino son los del aire del tanque entrando y saliendo de su boca a través del regulador y el de las pequeñas burbujas que se van formando con cada bocanada que exhala.

El paisaje visual, en cambio, es completamente diverso: el fondo de arena amarilla contrasta con el azul del agua, que se ve de ese color por los fenómenos de absorción y reflexión solar; un cardumen de peces blancos con franjas doradas acompaña de cerca a Sánchez desde que entró a la caverna. “Un tipo de ronco rayado”, diría más tarde el científico.

Tras aproximadamente 10 minutos bajo el agua, Sánchez llega a su objetivo. Se detiene flotando a pocos centímetros de la primera esponja.

En la zona encuentra unos ocho especímenes y lo primero que llama la atención de ellos es su color naranja brillante; tienen forma semiesférica y una textura suave, aterciopelada.

El investigador los contempla por unos cuantos segundos y luego emerge para darnos el reporte al resto de los integrantes del equipo, que lo hemos esperado haciendo esnórquel a unos pocos metros de la costa.

“Aunque se ven suaves por fuera, el interior de las Ceratoporellas está constituido por un duro esqueleto de carbonato de calcio producto de un crecimiento muy lento.

Una esponja de tan solo 50 centímetros de diámetro puede tener más de 500 años, aunque hay reportes de más, por lo que son utilizadas para reconstruir el clima a partir de estudios con isótopos estables”, explica Sánchez.

Asegura que esto es posible con un pequeño taladro hueco con el que extraen muestras del interior de las esponjas, las cuales crecen de adentro hacia afuera, creando un patrón similar al de los que sirven para determinar la edad de los árboles a partir de anillos concéntricos.

Al datar las muestras con isótopos de plomo y uranio, los investigadores pueden obtener indicadores sobre el clima en el tiempo y ver fluctuaciones importantes en este, como las que ocasionaron acontecimientos de impacto global de la envergadura de las bombas atómicas.

Asimismo, Sánchez afirma que el estudio de las esponjas ayuda a entender los procesos que en la actualidad están llevando al deterioro de los arrecifes coralinos, uno de los ecosistemas marinos más valiosos por la cantidad de especies que albergan.

“Estamos planificando cómo acceder a la información de estas esponjas y hacer correlaciones para entender los procesos que afectan negativamente a los corales que están en zonas profundas”, dice Sánchez.

Cavernas interconectadas

Resulta inusual encontrar esponjas en una zona tan cercana de la costa y con aguas tan someras, resalta el experto, pues –dice– se trata de organismos que habitualmente viven a unos 80 metros de profundidad, en las denominadas zonas mesofóticas, donde penetra menos del 1 por ciento de la luz que hay en la superficie del mar.

Según Sánchez, esta presencia atípica próxima a la costa se debe a que las esponjas tienen su morada bajo el techo de una caverna, donde la cantidad de luz solar que llega es similar a la que hay en los lugares oscuros del océano.

Pero aunque la localización de estos animales tan lejos de su hábitat recurrente sea desconcertante para los científicos, es posible que no sea una excepción sino una norma en la costa del archipiélago de San Andrés, la única zona del país en la que se tienen registros de esta especie y donde podrían contarse por cientos.

Esto se debe a que buena parte del litoral sanandresano está cimentado sobre una formación calcárea de origen coralino y edad pleistocénica (hace entre 1,5 millones y 60.000 años) la cual emergió por encima del nivel del mar y ha sido sometida a procesos kársticos, es decir, a erosión causada por la intemperie, especialmente la lluvia y el oleaje marino, constituyendo el terreno perfecto para la formación de cavernas.

En el artículo científico ‘Modelo numérico del acuífero de la isla de San Andrés’, elaborado por la Universidad Nacional de Colombia y publicado en el 2010, se explica que San Andrés es una isla formada por el crecimiento de los corales alrededor de un cono volcánico que se hundió, dejando un anillo coralino que creció verticalmente.

La isla, según dicha publicación, presenta un levantamiento del terreno producto de movimientos tectónicos sobre el centro, con alturas hasta de 85 metros sobre el nivel del mar, lo que favorece el almacenamiento de aguas subterráneas en el sistema kárstico.

Juan Manuel Díaz, biólogo Ph. D. en ciencias naturales de la Universidad de Giessen (Alemania), dedicado durante años a estudiar los paisajes asociados a los arrecifes de coral en el archipiélago, asevera que el mecanismo de formación de estas cavernas “no es misterioso”, sino que es producto del mismo proceso por el que se originan todas las cuevas donde hay rocas calcáreas y carbonatos de calcio de origen biológico.

“Aquí lo que pasó fue que las aguas lluvias, al penetrar en el suelo, se volvieron ácidas y carcomieron la roca calcárea porosa y los fósiles de los esqueletos coralinos.

La particularidad de las cavernas de San Andrés es que estas estructuras estuvieron sometidas no a uno, sino a consecutivos procesos de inmersión y emersión durante el Pleistoceno”, explica Díaz.

Dichas fluctuaciones en el nivel del mar derivaron en la formación de grutas en diferentes puntos de la isla, las cuales hacen parte de un intrincado sistema de galerías inundadas que conforman los acuíferos; de acuerdo con Díaz, las dos formaciones geológicas de la isla son la de San Andrés, que forma las colinas de la zona central de la isla (lo que se conoce como La Loma o The Hill), que contiene el conjunto de cavernas más antiguas y se destaca por estar concentrada en una zona de riscos y acantilados de unos 20 metros de altura.

La otra formación geológica, llamada San Luis, está constituida por fósiles de corales, que sostienen una plataforma de rocas ásperas y puntiagudas, hoy parcialmente cubierta con vegetación, infraestructura urbana y vías, pero fácilmente observable a lo largo del litoral del costado occidental de la isla, especialmente en las zonas de West View y La Piscinita o Pox Hole.

Esta formación rodea a la isla en una suerte de anillo que se prolonga bajo la superficie del mar y es donde están la mayoría de las cavernas submarinas que explora Sánchez.

El primer cenote colombiano

Sobre el acuífero de San Luis se oculta uno de los secretos naturales mejor guardados del país.

A pocos metros de la pista del aeropuerto Gustavo Rojas Pinilla, en el corazón del barrio Morris Landing –uno de los más populares de la isla– y entre montañas de basura y escombros, hay una cueva anquialina, un tipo de caverna en tierra firme con conexión al mar a través de canales subterráneos.

Dentro de esta categoría se encuentran los famosos cenotes de Tulum y Cancún, en México.

Los sanandresanos bautizaron a esta la Cuevita del amor, porque, según nos cuentan los habitantes del Morris Landing, fue el lugar de encuentro para parejas de enamorados hace años.

Y seguramente fue así antes de que el lugar se convirtiera en un botadero sobre cuya superficie flotan latas de gaseosa, botellas y tapas de plástico, bolsas y toda clase de desperdicios.

Los lugareños nos cuentan, incluso, que la cueva ha sido utilizada como pozo séptico.

Pero lo anterior no es excusa suficiente para abortar la exploración de este interesante pero profanado y oscuro lugar. Junto a Sánchez, bucearán la cavidad el estudiante de maestría en biología Camilo Martínez y el espeleólogo de Colombia Subterránea, Juan Carlos Higuera.

Poco a poco, los tres desaparecen en medio de las oscuras aguas. Desde la superficie, los demás miembros del equipo los esperamos careteando y controlando el ROV, para rastrear el fondo de la cueva en busca de más sorpresas.

Con el robot no encontramos nada más que basura y un montón de discos LP que yacen en el fondo de la caverna; la historia que nos traen los buceadores es distinta.

Sánchez cuenta que caverna adentro hay todo un llamativo paisaje sumergido en el que sobresalen algunos corales fósiles que han quedado partidos por la mitad, dejando ver todas sus líneas de crecimiento.

“Hay una colonia enorme y, posiblemente, un coral cerebro, una especie llamativa por su aspecto.

Es impresionante la preservación del esqueleto coralino, pero infortunadamente hay mucha basura”, cuenta Sánchez mientras sostiene uno de los discos LP con la intención de llevarlo a su casa en Bogotá y descubrir si es posible escuchar sus canciones.

Describe, también, la haloclina, es decir, la división del agua salobre con el agua más salada debajo, lo que genera una especie de pantalla de agua turbia, producto de la actividad bacteriana que tiene lugar allí.

Verdaderos cavernícolas

En el segundo día de exploración nos dirigimos a unas cuevas de la formación San Andrés en las que, según nos advirtieron con insistencia los isleños, debemos tener cuidado al acercarnos; pero no precisamente por los desafiantes descensos haciendo rápel, por las exigentes escaladas o por los misteriosos animales que podríamos encontrar allí.

Quienes supieron que nos íbamos al barrio el Cliff (acantilado, en inglés) se preocupaban porque entraríamos en los terrenos algunas de las bandas delincuenciales más peligrosas de la isla. “Ni se les ocurra ir por allá. Ese lugar es muy caliente”, nos advertían.

Atendiendo las recomendaciones, nos acompañaron 4 patrulleros de la Policía Nacional, y exploramos por una hora el lugar.
El acceso a las grutas es sencillo.

Tras escalar unos veinte metros, damos con una pared llena de orificios en los que a duras penas cabe una persona.

Camilo Martínez, biólogo marino, nos explica que estamos ante los restos de una caverna que colapsó, dejando al descubierto una parte de su interior.

Por todo el lugar hay restos de hollín que seguramente quedó como residuo de las fogatas que hacen los habitantes de calle en las noches.

Nos separamos en grupos y empezamos a inspeccionar las cavidades. Por el momento, la costa parece libre de moros.

No sería exagerado decir que lo que vimos superó cualquier pronóstico hecho antes de emprender este proyecto.

En uno de los orificios hay una cama de cartón, un pedazo de espuma viejo en forma de almohada y una cobija derruida.

Hay botellas de licor, cigarrillos y una pipa artesanal hecha de PVC; en otro hueco encontramos inscripciones de letras y números que nos hacen creer que pueden ser los códigos secretos de identificación entre bandas de malhechores.

En otro de los pasadizos hay botellas despicadas y vidrios: una clara señal de que no debemos entrar.

Pero el hallazgo más sórdido que hicimos en estas cavernas fueron los cientos de recortes de revistas y catálogos en los que aparecen mujeres en ropa interior. Los papeles no parecen viejos, por lo que sospechamos que las cavernas se encuentran habitadas y que fue cuestión de minutos no encontrar a sus inquilinos.

De repente, escuchamos una voz entre la maleza y un hombre aparece cargando una gallina. “Estoy buscando un gallo. ¿Alguno de ustedes lo ha visto?”, dice el hombre con voz intranquila. Es el aviso de que debemos abandonar el lugar y alejarnos sin poder seguir explorando el misterioso lugar.

Una sorpresa en el patio trasero.

En esta travesía conocimos dos cavernas con características muy distintas. La primera, ubicada en la zona de West View, es una pequeña cueva seca habitada por cucarachas, cangrejos, grandes amblipigios (un tipo de arácnido que aunque se ve peligroso es totalmente inofensivo) y una colonia de miles de murciélagos. Intentando movernos en medio de estos mamíferos voladores, buscamos infructuosamente nuevas rutas y accesos que llevaran a otras galerías.

Para poder entrar a la cueva fue necesario el permiso de la familia dueña de los predios en que se encuentra. Lo mismo ocurrió con otra gruta inundada en un barrio del noroeste de San Andrés y que está bajo el cuidado de otra familia, que la bautizó como la ‘Cueva de Sara’, en honor a la fallecida mamá de la dueña del hogar. En esta caverna hallamos estalactitas sumergidas, peces marinos y hasta camarones.

NICOLÁS BUSTAMANTE HERNÁNDEZ
@NicolasB23
nicbus@eltiempo.com