En 1819, otro huracán dejó a Providencia casi destruida. Así lo relató Agustín Codazzi

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Mientras que en Providencia todo era movimiento y trabajo para hacer de ella un lugar de defensa y una plaza fuerte, un terrible huracán vino a ponernos en la más triste situación.

En una noche fueron arrancadas todas las anclas y los barcos sin defensa fueron arrojados contra la costa, algunos hasta a cincuenta pasos de la playa.

El mar aterraba con su mugir y las olas llegaron hasta un punto que jamás hablan alcanzado.

Una lluvia torrencial y continua acompañada de truenos y de continuos relámpagos hacía aún más pavorosa la intemperie. Muchas barracas fueron echadas a tierra por el viento, muchos árboles arrancados, y algunas de las fortificaciones comenzadas quedaron arruinadas. El viento y la lluvia duraron 12 días seguidos, por lo cual las llanuras inferiores se convirtieron en valles, los ríos inundaron los campos y por la abundancia del agua y el ímpetu del viento era imposible salir al aire libre. Pero los efectos de este terrible golpe no se limitaron a esto.

Quedamos reducidos al extremo por una epidemia que sobrevino, causada por el mismo huracán y por la gran humedad, motivo por el cual, habiendo caído todos enfermos uno en pos de otro en pocos días, no teníamos quien nos socorriera con medicinas, las que se habían perdido en los barcos o habían sido arruinadas por las aguas saladas, ni quien nos prestara ningún servicio, porque estábamos todos moribundos y los habitantes estaban en la misma situación.

Efectivamente escaseaban los víveres y en vez de los que nos habían enviado de Jamaica en 3 barcos, no vimos arribar sino a unos pocos hombres salvados del naufragio, porque el huracán los había sorprendido a poca distancia y se habían hundido.

El hambre, la enfermedad, la humedad, la falta de atención, nos hacían morir como moscas. No había quien recogiese los muertos ni quien los enterrase. Estábamos todos en un estado general de abandono y los pocos que tenían valor para despreciar el mal e ir a buscar con qué sustentarse, era imposible que repartieran con sus compañeros lo que habían encontrado.

Hasta las hierbas que comíamos cocidas sin sal, eran causa de litigios y disgustos y un día por un puñado de ellas arrojé sobre el fuego a un amigo que me las había arrebatado, tanto puede hacer perder el hambre, a un hombre oprimido por la enfermedad, cualquier sentimiento de amistad y de humanidad. Además de las fiebres pútridas que nos hacían perder el sentido y caer en la apoplejía, nos atacaba la fiebre amarilla pestilencial.

Se agregaba a ellas el mal del pian, que se declaraba externamente como una especie de gangrena lenta y superficial que hacía caer los miembros a pedazos y sin dolor. Las lesiones en las piernas eran comunes y casi todos presentábamos llagas que en seguida engendraban gusanos.

A veces al cicatrizar demasiado pronto gangrenaban las vísceras y, cuando el enfermo se creía restablecido, lo atacaba una fiebre inflamatoria que lo reducía a la muerte. A todos estos males se agregaba una cantidad de animales, que parecía que por causa de la estación se hubieran congregado todos en la isla.

Una especie de escarabajo del color de la chinche y de olor desagradable llamado cucaracha o ravets, andaba por todas partes y día y noche se encontraban en tal cantidad que no se podía dormir porque caían de todas partes sobre la cara. Los escorpiones anidaban en las camas, hechas de hojas de banano y cubiertas de esteras como las de los negros, lo mismo que el ciempiés amarillo y gris, venenosos ambos y asquerosos.

El remedio contra las picaduras del primero era aplastarlo sobre la herida, pues sus entrañas servían de contraveneno.

Las picaduras del otro se curaban bañando la parte herida con aguardiente, pero no se escapaba a la fiebre. Los sapos y los ratones entraban por todas partes y llenaban las piezas, junto con los crappes, parecidos a gruesos cangrejos de una especie ya conocida; giraban por todas partes durante la noche chillando y lamentándose como si fueran hombres.

Las arañas de cuerpo enorme, unas peludas, otras rojizas y todas venenosas, cubrían en un momento todas las pajas que servían de lecho y con sus telas ocupaban toda la casa.

Las hormigas rojizas y de cuerpo pequeño andaban por todas partes y no se podía salvar un poco de azúcar sino dentro de vasos rodeados de agua. Los piojos de bosque parecidos a una hormiga blanca, que formaban sus nidos en las casas y en los árboles a la manera de las avispas, destruían en un momento la ropa blanca.

Se agregaban las niguas, pequeñísimo e imperceptible insecto que se introduce en los dedos de los pies y de las manos, y especialmente debajo de las uñas, donde se acomodan y forman un receptáculo que en dos días crece del tamaño de un garbanzo, si no se la saca en seguida, pues procrean otros tantos insectos que se difunden por toda la carne y pronto la reducen a gangrena, motivo por el cual con frecuencia ocurre que se deben cortar los pies y las mismas piernas; los negros las conocen bien y cuando alguno sufre de ellas, se apresuran a sacarlas con un palillo aplicando a la parte ceniza caliente de tabaco.

Atormentados en tal forma por el clima, las enfermedades y los insectos, el hambre y los trabajos, parecíamos otros tantos cadáveres ambulantes, y yo había perdido hasta la vista, tanta era la debilidad que me habla asaltado, y si mi compañero no me hubiera quitado las armas, quizá en la desesperación hubiera atentado contra mi existencia. Recobré la vista después de pocos días, me bajaron un poco las fiebres y comencé a recuperarme, al mismo tiempo que mi compañero, atacado finalmente por la enfermedad general, se metía en el lecho con los más terribles síntomas.

Pero la fuerza de su contextura le hizo superar el mal y yo le ayudé socorriéndolo con lo que en aquellos momentos pude y supe procurarme.

Finalmente entró al puerto un barco cargado de víveres, pero los pocos marineros que se sentían más fuertes que los demás, cansados de sufrir y perdida toda esperanza en sus barcos que yacían sobre la costa, lo asaltaron durante la noche y huyeron en él, junto con la guardia que estaba en la batería de la Muerte. Fue entonces cuando me tocó, convalesciente aún, ir de guardia a aquel lugar, donde estuve varios meses y donde no había más que 4 hombres, que lo mismo que yo eran presa diariamente de la fiebre. A pesar de ello se trabajaba durante el día haciendo cartuchos y por la noche vigilando y pescando en los escollos vecinos para procurarse así un buen alimento. El compañero venía con frecuencia, a una señal convenida, a la batería para tomar parte en las abundantes comidas compuestas de un poco de pescado asado, porque yo temía que si se lo mandaba se lo comieran sus compañeros, tanta era el hambre que atormentaba a todos. Llegó finalmente otro barco cargado de tasajo, que son filetes de carne de vaca seca al sol, las cuales amarradas en haces y seguramente muy viejas, estaban duras como un leño; sin embargo bien golpeadas contra las piedras y cocinadas en agua, o sobre las brasas, eran para nosotros un plato delicadísimo. Poco a poco se recobraron las fuerzas y se empezó a trabajar indistintamente por todos para desvarar los barcos arrojados por el agua a la costa; parecía imposible que sin las máquinas y aparejos necesarios el general Aury hubiera podido mover aquellas moles. En efecto el capitán de un brick de guerra inglés que llegó a nuestro puerto juzgó imposible hacerlo sin los elementos de maniobra aptos para tal operación. Sin embargo los conocimientos de Aury, su firmeza en la resolución tomada, su coraje en ejecutarla, su ejemplo en el trabajo, hicieron que por medio de una argana clavada en tierra se pudieran levantar dos pequeños barcos. Colocados estos a los lados del barco mayor, sirvieron de apoyo para levantarlo y lanzarlo a aguas más profundas. Pero no fue posible levantar los otros, arruinados totalmente, lanzados completamente a tierra y en pésimo estado. Los tres que se pudieron aprovechar fueron reparados de la mejor manera posible y ocupados por los pocos marinos que habían quedado, ya que la mayor parte había desertado huyendo en pequeñas canoas y arrojándose sobre la costa [de tierra firme] habitada por indios.

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Si los españoles hubieran venido entonces a atacarnos seguramente nos hubieran destruido, porque teníamos pocas municiones y apenas podíamos sostener las armas en la mano, pero quizá creyeron que no seríamos capaces de reponemos y que nos veríamos obligados a desbandamos como la tropa del general Lallemand. Por esto Aury no cesaba de acelerar los trabajos y la reparación de los barcos, de modo que lo mejor que se pudo quedaron en estado de volver al mar. Una orden del día dispuso la salida y se embarcaron 120 hombres entre soldados y oficiales con poco más de 100 marineros, dejando en la isla 60 personas, casi todas enfermas y llenas de llagas. El valeroso coronel Hirving, que se había distinguido en Amelia, encontró la muerte en Providencia. El teniente coronel Faiquere quedó como gobernador de la isla y el teniente coronel Garbans como comandante de la tropa.

Y para terminar con una nota optimista… menos de un año despues Codazzi escribio lo siguiente :

«Encontré a providencia muy distinta de lo que la había dejado, ya que se había formado una pequeña ciudad con el nombre de Isabela, donde vivían las mujeres que todos los oficiales del mar y de tierra se habían buscado en Jamaica y santo Domingo, todas mulatas, jóvenes y bien presentadas (1). El cuartel general había sido trasladado a una colina que miraba al puerto y que daba sobre la ciudad. Se habían hecho una iglesia y un hospital y todo estaba construido con casas de madera de un solo piso, mandadas traer expresamente de los Estados Unidos en piezas que se ensamblan entre sí, de modo que en pocos días quedaba hecha una habitación hermosa y cómoda donde antes todo era desierto. El fuerte Libertad estaba terminado y mucho había cooperado a ello el comandante Ferrari, que estaba allí de guarnición con su batallón.»

Memorias Codazzi

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