En el Archipiélago no vivimos, sobrevivimos

0

La imagen puede contener: 1 personaPor Carlos Arturo Fontalvo Suárez, colaboración exclusiva para The Archipiélago Press

Hurtos, muertes, violencia y pobreza es lo que a diario vemos en las noticias y práctica cotidiana de la Isla. Pero, pese a lo que vivimos, cabe detenernos y hacernos una importante reflexión: ¿somos socialmente una comunidad violenta? El Archipiélago, vengo insistiendo, está atrapado en un bucle de corrupción y desigualdad histórica. Han sido principalmente la falta de oportunidades y su vinculo directo con la pobreza las que han permitido una extraña moral que justifica la violencia que vivimos. Agravada ahora por el registro de Pandemia en condiciones.

La pobreza que hemos padecido ha permitido que concibamos que “ser violento” es la eticidad o “práctica vivencial” que necesitamos para poder “sobrevivir”. Más en una sociedad isleña como la nuestra, que es profundamente desigual. Porque en la igualdad se “convive” sin afectar al otro, y en la desigualdad, producto de las carencias sociales, se “sobrevive” casi en la lógica de arrebatar al otro lo que hace falta. Así vulnerabilidad, asesinatos, desigualdad de las mujeres, marginación de colectivos originarios y hurtos, son fruto de la desigualdad que nos tiene empobrecidos. Pero así mismo, son los núcleos sobre los que pivota toda la violencia que día a día padecemos. Porque la pobreza cursa con la falta de igualdad como lo enseña Amartya Sen. Y la falta de igualdad con la violencia como lo afirma Iris M. Young. Es un bucle social.

Esta violencia ha dado origen a otro peor resultado: “Estructuras Criminales”. La muerte de Alexander Stephens Gordon, los ataques a Daniel Biscaino y Javier Livingston; y así mismo, la sobredimensión de la violencia que tenemos que soportar a diario materializada en hurtos, ataques con armas de fuego y homicidios con cifras exorbitantes para un territorio como el nuestro, son muestra de una estructura criminal real que está ahí, que es fruto de la violencia y que necesitamos desarmar.

Esta estructura se produjo en la Isla por una razón que a veces desconocemos: cuando no hay una agenda política en pro de la igualdad social y económica, el ciudadano sometido a la pobreza, en ocasiones toma el camino de las peores vías de hecho rompiendo la frontera de la civilidad, para delinquir directamente. Esto no es una justificación para comer delitos. Pero tampoco se puede ignorar que todo contexto de desigualdad permite la condición de posibilidad para que surja la alteración del orden moral y la delincuencia.

Hoy tenemos estructuras delincuenciales. Específicamente bandas y criminales a la orden del día que, nacidos de la desigualdad, se quedaron para azotar nuestra tranquilidad. Alterando el sosiego de propios y extranjeros ¡nadie escapa! En tal sentido, el primer camino ya no es activar un fallido “Observatorio de la Violencia”. Necesitamos una Política Pública de Seguridad Ciudadana fuerte en el sentido más estricto de la moralidad legal, capaz de recuperar nuestra convivencia.

Una política capaz de desmantelar: (i) la estructura criminal del hurto, homicidios, extorsiones, etc. Y así mismo, acompañar a las zonas de la Isla con más problemas de desigualdad pues estos lugares son los focos seleccionados para el repliegue de nuevas identidades delincuenciales. Sobre todo, barrios y zonas deprimidas socialmente donde la delincuencia se presenta como discurso de develación y superación de la realidad que se vive. Por otro lado, (ii) la política debe identificar las “otras estructuras criminales” que se enmascaran en los delitos frecuentes. Si, porque hay redes y bandas que directamente se están camuflando en “delitos cotidianos” ocultando todo su aparato criminal que no viene producido por la desigualdad. Sino por la existencia de actividad ilegal e ilícita en la Isla que compra la voluntad de muchas personas, entre estas, la de nuestros jóvenes que vienen siendo cooptados por el microtráfico, el sicariato, el hurto maquinal, la prostitución de mujeres y otras cadenas de mando ocultas. Hay mucho más.

Esta Política de Seguridad debe ir apalancada de la Fuerza Pública. La Policía debe asumir un rol protagónico, no solo como institución capaz de recibir la denuncia del hecho ilícito, sino de estar presente. Debe entrar a dirigir el seguimiento de las actividades delincuenciales que se presentan en el territorio sin abandonarlo. Pues no se puede desarmar una estructura criminal en un barrio o localidad y salir de aquellos dando por cierto que el hecho delictivo no se volverá a repetir. La delincuencia es cíclica y tiene capacidades de adaptación social. Por eso la Policía debe ¡cuidar las puertas de las zonas mas vulnerables! La Política de Seguridad debe en la Isla, como sucede en ciudades como Medellín, convertirse en un guardián de una puerta llamada “convivencia” que es el arco de entrada a la estabilidad de todos. Pero esto, asimismo, obliga a depurar de corrupción a la Policía, para que aquella no se vea inmiscuida en “alianzas ruinosas”.

Todo esto, por supuesto, debe acompañarse de una Política de Desarrollo Económico, de Inclusión Estratégica y Educación Basada en la Democracia, el Orden Público y la Moralidad Social. Pues sin negar la pobreza y la desigualdad, la violencia como comportamiento, es siempre la manifestación de no reconocer y ver en el otro “un igual” un “semejante”. Es la incapacidad de entender que la vida de otras personas vale tanto como las demás, como las nuestras. Cuando se quita la vida por un celular o zapatos, es una señal de que no hemos dado el valor de igual y de inconmensurable, que tiene la vida del otro. Por lo tanto, adquirir la capacidad de entender que la vida de los demás vale, necesita siempre de una profunda reflexión moral y para ello, necesitamos más Educación.

En definitivo, debemos seguir trabajando para irracionalizar social y políticamente la desigualdad y la pobreza. Aunque parezca imposible no lo es. En otros lugares del mundo y con peores condiciones que las nuestras, lo han logrado. Falta es la voluntad política para hacerlo posible. Así mismo, vencer la pobreza va de la mano de una enorme Política de Seguridad Ciudadana con hechos y menos “demagogia política”. Porque jamás hay que olvidar que, mientras exista la desigualdad, la pobreza y la corrupción siempre existirá la violencia. Y aquella será el mecanismo que permitirá no la “convivencia”. Sino la “supervivencia” del más fuerte. Este es el indeseable resultado que vivimos día a día en la Isla. No somos socialmente violentos. Tanta desigualdad y pobreza acumulada, nos desplaza de la posibilidad de vivir y convivir en paz.

Anhelo que el 2021 traiga un mejor horizonte para todos, para el archipiélago que amamos y deseamos tener.

Deja un comentario